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Ya emprendamos o tengamos asentado nuestro propio negocio, no podemos evitar que, en ocasiones, se nos llene la boca con palabras como startup, engagement, posicionamiento, transformación digital (que, por si no lo sabes, lo que toca ya es la transformación sostenible ;))… Y una de las que parece encontrarse en todo discurso de negocios es la innovación.

Tienes que innovar. Debes innovar. Parece que si no lo haces tu negocio está abocado al fracaso, que otro llegará y se adelantará, perdiendo todos tus clientes. Incluso tenemos grandes líneas de subvenciones por y para la innovación.

No es que me parezca mal, todo lo contrario. Ni que opine que tanta innovación es excesiva. Al revés. Considero que innovar es fundamental, que estar dispuesto a hacerlo y a invertir (y jugártela, que innovar sobre seguro tiene poco de innovar) ya dice mucho de ti y tu proyecto

Respecto a ésto tengo dos posturas bastante claras: 

  1. Se innova más de lo que se cree, pero la palabra está mitificada y muchos avances y proyectos no se consideran innovadores cuando sí que lo son.
  2. Parece que cuando hablamos de innovación sólo hablamos de innovación tecnológica y hay mucho, muchísimo más.

Me voy a enrollar un poco respecto a cada cosa. Veamos.

¿Qué es innovación?

Hace años estuve en un curso mega-intensivo-de-la-muerte sobre emprendimiento y creación de empresas, organizado por la Cámara de Comercio de Oviedo. Un curso de esos en los que ves todo lo rollo de emprender: facturación, recursos humanos, contabilidad básica, trámites administrativos, fundamentos del marketing y redes sociales (vale, ésto último no es tan rollo).

Cada uno de los temas tenía asociado un consultor/profesor que, además de darnos la clase, nos reservaba unas horas para tutorías individuales para desarrollar lo visto en el aula pero aplicado a nuestro modelo de negocio.

Entre todos los tutores había una que era la encargada de formarnos en materia de innovación. En su primera clase nos habló del Manual de Oslo (última edición en inglés aquí) y su definición de innovación:

Una innovación es un producto o proceso nuevo o mejorado (o una combinación de ambas) que difiere significativamente del producto o proceso previo y que ha sido puesto a disposición de los usuarios potenciales (producto) o puesto en uso (proceso). 

Manual de Oslo 2018 – traducción propia

Y nos lo resumió en una frase: “Innovar es hacer las cosas de forma diferente a como se estaba haciendo hasta ahora, sin más complicación”.

El propio Manual lo dice, aunque con palabras más elegantes y técnicas, ¡y es el referente a nivel mundial en la medición de la innovación!

Por eso no se debería tener reparo en reconocer que uno es innovador cuando, precisamente, está haciendo las cosas de forma diferente.

Tampoco debería pensarse que lo de innovar es para otros, que hace falta ser ingeniero o investigador o que eso sólo se hace en grandes empresas. Está al alcance de quien quiera, se dedique a lo que se dedique y sea un empresario individual o una multinacional con miles de empleados.

todos podemos innovar
Que sí. Tú, tú y tú también podéis innovar.

Otra cosa interesante que aparece el Manual de Oslo, y que me lleva a mi segunda idea, es que considera actividades innovadoras no sólo las de desarrollo tecnológico, también las financieras o incluso comerciales.

Vale que los medios y entidades suelen centrarse en la parte tecnológica, es lo que tiene estar en el siglo XXI, pero eso no quiere decir que no se pueda hacer en otras áreas, como en la mía.

Innovación sostenible se llama. 

Personalmente creo que aquí se están haciendo grandes cosas,  pero que también nos estamos perdiendo muchas por una cuestión de enfoque.

Te cuento (y acomódate que es largo y no del todo sencillo):

Inicialmente se interpretaba la innovación sostenible como aquellas mejoras o cambios enfocados a la protección del medio ambiente. Afortunadamente hace años que esa idea se dejó atrás y se utiliza la sostenibilidad asociada al equilibrio económico y social, además del ambiental.

Los procesos de generación o creación de innovación sostenible se basan en identificar problemas y darles una solución nueva, pero la forma de plantearlo se basa en nuestro pensamiento lineal.

En el transcurso de nuestra vida nos han enseñado a ver las cosas de forma lineal. Se nos ha enseñado que hay una causa y un efecto, un principio y un final, un problema y una solución, que cada acción tiene su reacción.

Nuestro propio sistema productivo y de consumo es un buen ejemplo de ello y por eso eso nos cuesta tanto pasar de una economía, qué «casualidad», lineal a una economía circular, por ejemplo. Porque implica un cambio de paradigma y de modelo de pensamiento.

El problema con esta forma de pensar es que elimina muchos puntos clave de cada situación. Ignora los sistemas complejos y se enfoca en un único aspecto y la realidad es mucho más que una simple relación causa-efecto.

Para poder resolver problemas ambientales, sociales y económicos, de sostenibilidad al fin y al cabo, necesitamos un pensamiento sistémico. La propia complejidad de las situaciones a los que nos enfrentamos en la innovación sostenible ya nos debería decir que simplificar al modelo lineal no es suficiente.

¿En qué consiste el pensamiento de sistemas?

Un sistema es un conjunto de cosas o partes conectadas que conforman un todo más complejo. Cada sistema tiene sus elementos que lo componen y también sus límites.

Tiene otras características, como que la energía, los materiales o la información que utiliza generalmente son importados del exterior, de fuera de sus límites, y por lo tanto se puede ver afectado por otros sistemas e impactos del entorno. Además, por definición, siempre tienen fallos. No existen sistemas perfectos.

Partiendo de la idea de sistema, el pensamiento sistémico es una manera de relacionar hechos y observaciones de elementos dispares cuya conexión podría pasar desapercibida. Es comprender que todo está de cierta forma interconectado y que una acción aquí no sólo tiene un efecto inmediato, sino que también puede interrelacionarse con otro suceso en otro punto del sistema.

Suena algo confuso, lo sé. Parte del problema es esa educación “lineal” que tenemos. Pero si te gusta o has estudiado ecología, por ejemplo, lo entenderás mejor, puesto siempre se insiste en las relaciones entre especies, hábitats, entorno, etc. La ecología se basa en un pensamiento de sistemas, directamente, puesto que muestra las relaciones entre los seres vivos y el medio en el que se desarrollan, a través de la definición de ecosistemas.

Para aclararlo un poco más, ¿te suena eso de que el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York?. Es la misma idea. 

Pensamiento lineal versus pensamiento de sistemas
Pensamiento lineal vs. Pensamiento de sistemas (versión gráfica y resumida). Fuente: kindling.xyz

Todo está conectado de alguna forma y tener claras esas conexiones nos puede ayudar a encontrar soluciones en donde o de forma que no las habíamos previsto. Y eso es innovación, ¿no? El hacer las cosas de forma significativamente diferente.

Una de las ventajas del pensamiento de sistemas es evitar la famosa (sí, lo sé, no es tan famosa, sólo algunos/as frikis la conocemos) Ley de las consecuencias no deseadas o imprevistas que aparece habitualmente tras la generación de soluciones con un pensamiento lineal.

Lo que viene a decirnos esta ley es que las grandes soluciones de los problemas de hoy pueden ser las causantes de los grandes problemas del mañana.

Por ejemplo los, ahora prohibidos, CFCs (clorofluorcarbonos) causantes del agujero de la capa de ozono, fueron descubiertos por Thomas Midgley. Este señor buscaba una alternativa a los gases refrigerantes que se utilizaban en su época en, por ejemplo, las neveras de los hogares. Hasta su descubrimiento, se utilizaban gases tóxicos que causaron miles de intoxicaciones a familias enteras. Midgley murió convencido de que le había hecho un gran favor a la humanidad con su descubrimiento. Ahora sabemos que no fue así.

Otro ejemplo: En los tiempos de la dominación británica en la India colonial, el gobierno británico estaba preocupado por el número de cobras venenosas en Delhi. Así, el gobierno ofreció una recompensa por cada cobra muerta. Inicialmente la estrategia funcionó y un gran número de serpientes fueron matadas a cambio del dinero. Sin embargo, personas emprendedoras comenzaron a criar cobras por su recompensa muertas. Cuando el gobierno se dio cuenta, el programa de recompensas fue cancelado, causando que los criadores liberaran a las – ya sin valor – cobras. Como resultado, la población de cobras salvajes aumentó. La aparente solución al problema lo hizo aún peor.

humor - consecuencias no intencionadas
Un poco de humor sobre las consecuencias no deseadas.

Como te decía, el pensamiento de sistemas puede ayudar a evitar este tipo de situaciones, puesto que se consideran muchas más variables y datos a la hora de generar ideas y diseñar respuestas.

La dificultad radica precisamente en la definición de esos mismos sistemas, establecer sus límites y ser capaces de detectar todas las interrelaciones posibles (cosa que da para un post o taller o algo que se me ocurra en el futuro).

Utilizando el pensamiento de sistemas somos más capaces de entender el embrollo de las causas y los efectos en la realidad actual para desarrollar soluciones duraderas, estratégicas y con auténtico significado para nuestros mayores retos.

Frente a situaciones complejas debemos tener un mejor enfoque, lo más global posible y por eso, a la hora de resolver problemas asociados con la sostenibilidad es necesario replantearse, repensar, esa innovación sostenible y hacerlo de forma sistémica.